Riego: cuándo sí, cuándo no.
(la mayoría de las plantas de interior se mueren de amor: exceso de agua.)

El test del dedo (no falla)
Antes de regar, meté un dedo en la tierra hasta el segundo nudillo. Si sale húmedo o con tierra pegada, todavía no. Si sale seco y limpio, es momento. Así de simple: la mayoría de las plantas de interior prefieren que el sustrato se seque en los primeros centímetros entre riego y riego.
Otra señal que no miente es el peso: levantá la maceta recién regada y registrá cuánto pesa. Cuando la levantes y la sientas notablemente liviana, la tierra soltó su agua y toca regar de nuevo.
El drenaje no es opcional
Ninguna planta quiere vivir con los pies en el agua. La maceta necesita agujeros de drenaje, siempre. Si te enamoraste de una maceta sin agujero, usala de cubremaceta: la planta va adentro en un contenedor plástico con drenaje, y a los veinte minutos de regar vaciás el agua que quedó abajo.
Las raíces que quedan sumergidas se pudren, y una planta con raíces podridas muestra los mismos síntomas que una planta con sed — hojas caídas, tristeza general. Por eso tanta gente riega más a una planta que se está ahogando.
Menos en invierno, más en verano
Las plantas no crecen al mismo ritmo todo el año. En los meses fríos, con menos luz, consumen mucha menos agua: el riego que en enero era semanal, en julio puede ser cada quince o veinte días. No riegues por calendario — regá por lo que dice la tierra.
El agua de la canilla en general va bien. Si querés ser detallista, dejala reposar de un día para el otro en un recipiente abierto: el cloro se evapora y el agua llega a temperatura ambiente, que las raíces agradecen.
Para tenerlo a mano.
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